viernes, 22 de noviembre de 2013
EL HALCÓN HERIDO
Y la melodía me lleva, me pide, me exige. Y me dice que escriba palabras como astillas ensangrentadas que vuelen desde la punta de mis dedos y se repartan en el aire como flores. Si, flores de sangre para que mi halcón devore y martirice su interior. Y allí, en lo profundo, en ese espacio vacío del halcón con alma de paloma, se deshacen las flores. Se disuelven sus pétalos de sangre y retornan en vuelo atroz y bello por su cuerpo aparentemente inerte por el daño de las flores venenosas hasta llegar a su boca y partir hechas ya no flores, sino diminutos pájaros de esperanza que vuelan hacia su destino incierto. Después del esfuerzo, el halcón despierta. Aun no está muerto, no son ellas las flores de sangre que se lo han de llevar. Está cansado, dolorido y desorientado, pero filosamente vivo. Con su mirada firme y su pico siempre afilado para defenderse, no para atacar. Vuela halcón, el cielo aún es tuyo.
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